Ana –nombre ficticio– todavía habla con un susurro cuando contesta al teléfono. “Es la costumbre”, se justifica, y en su voz se puede percibir un deje de resignación. Su historia es la de tantas mujeres en España que han sufrido el horror de la violencia machista. Ella dice que afortunadamente la suya ha tenido un final feliz, y pronuncia la palabra feliz como si fuera una utopía inalcanzable. Lo cierto es que todavía tiene miedo. Se levanta por las noches empapada en sudor y palpa las sábanas para asegurarse de que está sola. “El monstruo ya no está”, se repite como un mantra, mientras intenta no revivir el horror de los últimos 12 años de su vida. El año pasado se presentaron 166.620 denuncias por violencia de género en los órganos judiciales, la cifra más alta desde que hay registros, según los datos del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Pero Ana no quiere ser un número, una cifra. “El infierno que he vivido no puede reflejarse en un dato”, asegura. Pero hay algo más. “Él me impidió ser persona, me despojó de todo. Ahora que lo he recuperado, no quiero que me vuelvan a limitar a un número. Sé que es una tontería, pero no puedo evitarlo”, dice. Y es que él, ese chico al que conoció al acabar la universidad y con el que se casó rozando la treintena le hizo pensar durante años que no valía nada. “Ya de novios dejé de quedar con mis amigas, de vestir como me gustaba. Lo justificaba diciendo que me quería. Pero no hay que confundirse. El mayor error es ver a un maltratador como a una persona que es un ogro las 24 horas. Cuando estaba a buenas, que al principio era la mayor parte del tiempo, era el mejor: atento, cariñoso… Pero cuando estaba a malas era el verdadero infierno. Yo hacía una balance y pensaba que lo bueno compensaba todo lo malo. Pero hay cosas que jamás deben consentirse. Ahora lo sé”, trata de explicar. Cuando se casaron, la cosa fue a peor. Insultos, empujones… Pero no fue hasta la crisis, cuando Ana perdió su trabajo. Estaba ya en la cuarentena y le costó encontrar otro trabajo. Se quedaba todo el día en casa y se aisló. “La situación económica empeoró y yo ya no tenía ni a mis compañeras de trabajo para evadirme de los problemas. Empezó a ponerse muy agresivo. Hasta que llegó ese día”, recuerda. Ese día. El de la primera paliza. “Fue media hora en la que no dejaba de darme patadas, golpes… Yo solo quería que parara, le suplicaba que parara, pero no lo hizo. Al día siguiente estaba avergonzada. Me culpaba por no haberlo contado antes. No quería decírselo a mis padres ni a mi familia por miedo al qué dirán. Cuando él me pidió perdón, le perdoné. No sabía qué hacer. Intenté decirme a mí misma que había sido un error puntual y que no volvería a pasar. Pero, y en el fondo lo sabía, claro que volvió a pasar”, se lamenta. Fueron 13 meses de miedo, miedo intenso. Todos los días, cuenta, Ana pensaba en denunciar. Llegaba hasta la puerta de la comisaría y se daba la vuelta. “Tengo una niña y creía que le darían la custodia a él, porque tenía trabajo. Él nunca me pegaba delante de la niña. Creía que lo hacía por protegerla, pero es un error. Protegerla es que no tenga que crecer en un ambiente en el que a su madre le dan palizas”, sentencia. Según datos del Observatorio Nacional contra la Violencia Doméstica y de Género, el 80% de las mujeres maltratadas no presenta denuncia. “Es normal que la víctima de violencia de género sienta vergüenza o miedo ante una situación de incertidumbre. El maltratador, antes de pasar a la violencia física, destruye psicológicamente a la víctima. Es necesario romper ese vínculo de dependencia. Incluso cuando han denunciado, muchas veces, ya en consulta, justifican al agresor. No hay que juzgar porque tarden en denunciar, sino concienciar para que se denuncie antes y acompañar a las víctimas en ese proceso”, explica Natalia Ramírez, psicóloga especializada en casos de maltrato. Un día, tras la enésima paliza, tantas, que había perdido la cuenta, Ana ya no se quedó en la puerta de la comisaría. “Ese día vi en su mirada que iba a matarme. Lo tuve claro”, confiesa. Entró y puso una denuncia. Acto seguido, volvió a casa, metió en una maleta los recuerdos de toda a una vida, cogió a su niña y se marchó. “Él me llamaba a todas horas, iba a casa de mis padres. Intentaba convencerme con halagos y cuando veía que yo no cedía amenazaba con matarme. Pero yo ya era valiente. Volví a denunciar y le pusieron una orden de alejamiento”, desvela. Durante 2017 se solicitaron 44.106 órdenes de protección en los órganos judiciales, de las que fueron aprobadas un 68%, 3,4 puntos por encima del año anterior. En este sentido, los juzgados de violencia sobre la mujer adoptaron 23.874 órdenes de alejamiento y 22.825 medidas de prohibición de comunicación, lo que suponen datos similares a 2016, año en el que se produjo un importante incremento de 22 puntos respecto a las órdenes y medidas adoptadas en 2015. Tras la orden de alejamiento, la cosa pareció mejorar. Pero Ana todavía tenía el miedo pegado a su piel. Se compró un perro, que duerme a sus pies, como velando su sueño. “Voy a terapia e intento recuperar todo lo que me quitó. Tras años durmiendo acurrucada en una esquina de la cama, poco a poco voy recuperando todo el espacio para mí”, sonríe. Sin embargo, duda todavía cuando se le pregunta si mereció la pena denunciar: “¿Mereció la pena? No lo sé. Solo sé que si no ahora estaría muerta”, comenta con una naturalidad que hiela la sangre. Ana se despide: “Se me queman las lentejas. Tengo que seguir mi vida. Por ella. Y por mí”.

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