Miguel Ángel Morán, abogado de la víctima de La Manada, ha presentado un incendiario escrito contra el recurso de la sentencia por las que les cayeron 9 años de prisión. El escrito, sobre todo, pone en la diana al juez que emitió el voto particular, Ricardo Javier González González. Su disparo viene motivado por el hecho de que los recurrentes admitieron que se adherían en todo a dicho voto, hasta el punto de que consideraban osado intentar mejorar sus argumentos. Por ello, Morán creyó que debía desbaratar “la indiscutible fuente de argumentación que supone el voto particular, debiendo poner de relieve que los argumentos expuestos en el mismo fueron, en buena medida, los manifestados por las defensas a lo largo del procedimiento judicial”. El letrado recuerda cómo González ya tomó partido en favor de la víctima en la segunda sesión del juicio: “Está claro que a usted no le hicieron daño”. “Estaba cantado que este magistrado iba a emitir, si la sentencia no era absolutoria, un voto particular”. Y así fue: un voto particular que estaba “contaminado de prejuicio, falta de imparcialidad y extralimitación de su autor en sus funciones jurisdiccionales, constituyéndose así en abogado defensor de los acusados”. El letrado recuerda que este caso no ha estado basado en la mera declaración de la víctima, sino que hubo más pruebas y que se desecharon algunas que eran muy relevantes: las conversaciones de whatsapp anteriores al suceso. El escrito desbarata una falsedad: que la denunciante empezó su tratatamiento un año después de producirse el delito sexual. Morán certifica que fue en septiembre de 2016, y no en 2017. El escrito de Morán resalta el hecho de que el día 8 de julio de 2016 los acusados que González ve inocentes no quisieron declarar, y sí lo hicieron dos días después: “No se ha planteado (González) que el motivo de no prestar declaración el 8 de julio fue por coordinar con sus abogados defensores una estrategia común?”. Unos inocentes que el 8 de julio mintieron: “a preguntas del ministerio fiscal sobre si se reconocían en las fotos que les fueron exhibidas, extraídas de las grabaciones realizadas por dos de los acusados, todos ellos, menos uno, negaron reconocerse en esas fotos, aunque es evidente que las fotos son de ellos”. González creyó que la víctima disfrutó. “¿Se ha dado cuenta de que en los videos en ningún momento se ve que ella esté disfrutando”? A González no le extrañó que la víctima no usase preservativos. “¿Pero es que es mínimamente verosimil que una chica mantenga relaciones consentidas, en una orgía con cinco desconocidos, sin exigir que ellos tomen precauciones para no dejarla embarazada o para evitar ser infectada…? Gonzaléz cree que no hubo abuso por el “abrazo de saludo” con un miembro de La Manada. “Estará insinuando quizá el voto particular de que es revelador de que las relaciones sexuales fueron consentidas. No querríamos recordar al magistrado lo que significa el conocido eslógan No es No”. Tras reiterar página a página lo que considera falta de imparcialidad y prejuicio de González…recuerda que no era ningún signo de inocencia no huir a la carrera tras cometer su delito: “¿Qué necesidad tenían de huir después de haber dejado a mi representada en el estado en que la dejaron? La sensación de impunidad de los acusados era total y por eso no huyeron”. González loa que los imputados no borraron el contenido de sus teléfonos: “Por qué las iban a borrar, si no sabían que iban a ser detenidos. Y después de ser detenidos, ¿cómo las iban a borrar?”. Hay otro asunto que a juicio de Morán muestra la actitud sospechosa de los acusados sobre el contenido de sus móviles: “¿Por qué el autor de la última grabación nunca dijo que él la tenía? Nótese que esta grabación apareció casi dos meses después de los hechos denunciados, y sin que el autor de la misma hiciese la más mínima mención de que él había realizado esta grabación (por cierto, la más extensa clara, clara y nítida, tanto en audio como en video de todas las grabaciones realizadas”. Hay otro elemento sospechoso que destaca Morán. Cuando Prenda declara ante la policía que no hablaría más porque “la vamos a liar”. Y el letrado de la víctima mete el cuchillo en esa herida procesal: “Por qué te tenía miedo Prenda a liarla si seguía hablando? Las relaciones, según él, habían sido consentidas y estaba muy tranquilo ¿Por qué tenía miedo de liarla si seguía hablando?”. Morán no sólo lanza dardos a González por triturar a su clienta, sino por zaherir la imparcialidad del tribunal sentenciador, ya que les atribuye una voluntad “preordenada” para justificar un delito de abusos sexuales. Y ridiculiza las afirmaciones del juez del voto particular: “Afirmar que no hay deleite en los acusados es escandaloso”. O aducir que si hubo sincronía no hubo violencia: “Hasta el día de hoy las relaciones sexuales son sincrónicas por naturaleza (…) Si un cuerpo empuja a otro en una actividad sexual, los dos cuerpos actúan sincrónicamente”.  Y desbarata que sea una gesto de cooperacion entregar los móviles cuando quien lo recaba porta su pistola reglamentaria. Y refuta que sea irrelevante, como sostiene González, que la víctima mantuviese siempre los ojos cerrados durante su relación con La Manada: “Las personas cuando mantienen relaciones sexuales no permanecen constantemente con los ojos cerrados”.

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