Bajo un enorme fondo de plasma azul en el que ondeaba la bandera de España, la mesa del Congreso, en pie y en posición de firmes junto a los 3.000 compromisarios, escucharon el himno nacional después de que el presentador, Luis de Grandes, presidente del Comité que ha dirigido los trabajos previos del Congreso, pidiera desde el atril: “Ruego a todos los compromisarios que se pongan de pie, porque va a sonar el himno de España”. En la primera fila, bajo la mesa presidencial, dos invitados de excepción: Carmen Fraga, la hija del fundador del PP, y Adolfo Suárez, el hijo del hombre que hizo posible la transición española a la democracia. En su presentación, De Grandes lanzó grandes elogios al presidente saliente, Mariano Rajoy, que hicieron brotar alguna lágrima en el antaño imperturbable gallego. Era el momento del emocionado adiós: “Presidente, yo no quitaré tu foto de mi mesa de trabajo”, le dijo De Grandes, y la emoción embargó a Rajoy en su último momento como máximo dirigente del PP. Abajo, en primera fila, Rajoy y su mujer, Viri, apenas podían contener la emoción de una despedida no tan inesperada. “Presidente, nos duele en el alma tu marcha”, remarcó De Grandes. “Discreto”, “honrado”, “bueno” y “necesario” Unos elogios que se vieron colmados unos minutos después por la presidenta del Congreso de los Diputados, y también del XIX Congreso del PP, Ana Pastor: “Señor presidente, estoy aquí no sólo para decirte que has sido un gran presidente, sino el mejor presidente que hemos tenido nunca”. Ni una sola indiscreción por parte de Pastor, ni una sola referencia a sus preferencias respecto a cualquiera de los candidatos, sólo una exégesis del líder que se va, del líder “discreto”, “honrado”, “bueno” y “necesario” que “ha mejorado la vida de los españoles”, y elogios a la mujer del ya exlíder, Viri, a la que le dijo: “Te queremos, te apreciamos”. Al igual que Luis de Grandes y Ana Pastor, Rajoy quiso luego mantener también una exquisita equidistancia con respecto a los dos candidatos, Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado, pero un gesto suyo inicial fue inequívocamente interpretado como de apoyo al abulense: llegó al Congreso acompañado de María Dolores de Cospedal, la eterna enemiga de Sáenz de Santamaría y declarada partidaria de Casado. La entrada de ambos fue triunfal, repartiendo besos y abrazos mientras bajaban las escaleras desde la entrada al auditorio hasta la platea, un recorrido breve en distancia, pero largo en el tiempo: duró cinco minutos de aplausos y emoción. Previamente, en los pasillos abarrotados del hotel madrileño donde se celebra el Congreso, compromisarios y periodistas cruzaban apuestas sobre quién ganaría el Congreso. Los resultados eran tan apretados, que se veía claro que cualquier cosa podría pasar. Al final, todos reconocieron que la distancia entre uno y otro será mínima: entre uno y dos puntos, lo que significaría una diferencia de menos de 250 votos. Las dos delegaciones estaban manteniendo un arduo trabajo telefónico y presencial sobre los compromisarios, prácticamente uno a uno para ver, primero, el sentido de su voto, y luego para intentar atraerlo a su candidatura. Durante la mañana, Pablo Casado siguió las incidencias de su equipo desde su domicilio en Madrid; Soraya lo hizo desde su oficina en la sede del Partido Popular. Ambos llegaron al hotel congresual un poco antes de las cuatro de la tarde. La lucha contra la corrupción de De Cospedal Luego, tras la aprobación por unanimidad de los trabajos de la Comisión Organizadora del Congreso, la secretaria general saliente, María Dolores de Cospedal, hizo su último discurso en su cargo; un discurso en el que reivindicó la honradez de la mayoría de los militantes del PP, frente a la corrupción y a los corruptos y frente también al socialista Pedro Sánchez, “que basó su moción de censura en una sentencia recurrible” y en nombre de no se sabe qué: “Os pido”, dijo Cospedal en el inicio de su discurso, “que nuestro partido ni agache la cabeza ni deje de exigir responsabilidades ni al Partido Socialista ni a su secretario general”. De Cospedal supo mantener la discreción que le había precedido, y pese a su apoyo explícito días atrás a Casado, no dedicó ni una sola alusión a los dos candidatos; sólo reivindicó su propia labor en el cargo, recreó las victorias electorales pasadas, elogió a los candidatos y a los trabajadores de la casa, alabó a Rajoy y, en fin, a todos los gobiernos autonómicos del PP. A su espalda, mientras hablaba desde el atril, el plasma de la enorme pantalla colocada al fondo proyectaba una imagen bucólica y pastoril muy parecida a las Hoces del Cabriel, en la serranía conquense. “Dejo la Secretaría General con la satisfacción del deber cumplido”, y sin reproches a nadie, con la mano derecha en el corazón y dándose golpecitos que retumbaban ante la cercanía de los micrófonos. Y sólo dejó deslizar algunas frases que sonaban lejanamente a ajuste de cuentas: “Siempre he tenido una buena cara ante ausencias notorias y a veces ante infamias tan injustas”. Y un final para el recuerdo de los ‘caídos’: De Cospedal leyó la lista de los políticos del PP asesinados por la banda terrorista ETA, una lectura que trajo una gran ovación. Aplausos sólo superados por el vídeo final que se emitió para reivindicar la figura, obra y milagros de Rajoy.

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