Pasillo del Congreso de los diputados, miércoles por la mañana. El presidente, Pedro Sánchez, acaba de marcar perfil de nuevas formas  explicando ante la cámara cuál va a ser su posición en el Consejo de Europa de forma previa a la reunión, antes sólo se hacía posteriormente. No es mal gesto. También conviene ocupar el espacio político con escenificaciones que no supongan grandes decisiones, que con 84 diputados la cosa está difícil y ya se ha expresado la voluntad de no convocar elecciones hasta 2020. A su salida, un diputado popular se le acerca en el pasillo, algunos periodistas vemos la escena. Es un candidato a las primarias del partido popular. Hablan unos minutos. Si usted fuera candidato a unas primarias de cualquier partido, ¿no le preguntaría desde luego a Pedro Sánchez, el David que venció el mayor aparato orgánico imaginable, el Goliath-PSOE? Tiene lógica, por tanto, que José Ramón García- Hernández, un desconocido hasta la fecha  que se presentó el primero para liderar el PP, quiera el consejo de Sánchez. Tiene a Cospedal, Santamaría y Casado por delante: necesita un milagro. Pedro Sánchez le dio un consejo, y en su caso, vale oro: “¡Enfréntate al aparato!” La desgracia de JoseRa es que para el PP es tan nuevo esto de las primarias que los militantes ni se han enterado y ahí fuera sólo está el aparato. No se pierdan los números: 66.706 afiliados al Partido Popular son los que han decidido dar un paso, pagar la cuota e inscribirse para votar el próximo 5 de julio. No llega al 8% del supuesto total de militantes, los famosos 869.535 que, se ha demostrado, ni están ni se les espera. Los votantes para estas primarias, si es que todos lo hacen, son algunos pocos más que los candidatos a las elecciones municipales en 2015 (61.986). ¿Cuántos de ellos son sólo simpatizantes con carnet? ¿Cuántos, personas con intereses políticos, que pisan sedes y forman parte de círculos de poder territorial? Ese es el principal quebradero de cabeza de quien ha dado el salto al vacío en estas primarias, Soraya Sáenz de Santamaría. Sin apoyos orgánicos, sin poder territorial, sin haber ganado elecciones como número 1 y una gestión cuestionada de la crisis catalana, la ex vicepresidenta sólo puede presumir de que ni su nombre ni el de su marido aparecen en ningún papel oscuro y que sus títulos universitarios parecen en regla. La corrupción pesa ahí fuera, y por eso las encuestas encargadas por medios dan ganadora a Santamaría. Pero el sistema de doble vuelta, copado de forma velada por el aparato en la primera vuelta “militante”, y de forma clara en la segunda de compromisarios, no va a permitir que Santamaría se haga con el poder. No va a permitir que use los dossiers atesorados durante años como responsable del CNI, ni va a permitir que quien no ha querido mancharse ni la punta de un dedo con la porquería del partido, que la hay, y mucha, se erija como la gran renovadora del centro-derecha. La ex vicepresidenta es la favorita del “gran público” porque es una outsider en el partido. Podría pasar la primera vuelta, si el análisis que equipara la escasa afluencia de militancia con los poderes territoriales es erróneo, pero no la de los compromisarios. El peor escenario para el futuro del partido sería que esa fase fuera alcanzada por las rivales más encarnizadas. Pero para eso está aquí Pablo Casado, que no pide consejos a Sánchez sobre cómo enfrentarse al aparato. Él es aparato.

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