De ese día, ha explicado el sargento en el juicio del “procés”, se queda con las miradas de la gente, que fue lo que más le “dolió”: “Lo que me ha quedado es cómo me miraban, no se si era por desprecio, por odio o por mi condición de Guardia Civil pero a mí nunca por hacer mi trabajo me habían escupido”. De hecho, “hasta el día de hoy” no entiende “por qué aquellas personas, que eran del pueblo, se habían comportado, por decir una palabra que no es la adecuada, como delincuentes”. Según ha dicho, él no sufrió agresiones físicas, pero sí “todo tipo de agresiones verbales y amenazas”. “Lo único que sufrí es un daño moral, no se si me insultaron porque fui a cumplir una orden judicial o es porque era guardia civil”, ha señalado. Sí que sufrió una agresión, según ha relatado, uno de sus compañeros del grupo de seguridad cuando uno de los congregados en la puerta del colegio se le “tiró encima”. “Se enzarzaron en una pelea y creo que le mordió la mano”. Él fue el único detenido de esa intervención pese a que “aquel día se cometieron muchos delitos”. “Si nos hubiéramos dedicado a detener, hubiéramos creado un mal mayor”, ha reconocido. El sargento ha explicado que aquel 1 de octubre llegó sobre las once, “de paisano”, con una gorra en la cabeza y acompañado de un grupo de seguridad de la Guardia Civil porque aunque sabían que algunos “compañeros” estaban teniendo “muchas dificultades” a la hora de intentar cerrar los colegios, en realidad, “no te hacías una idea”. Nada más bajar del coche, que aparcaron a unos 40 o 50 metros, los compañeros les encapsularon para que no fuesen “agredidos” y ahí fue cuando, según ha precisado, “se acercaron unas 15 o 20 personas” y les comenzaron a insultar hasta que llegaron a la puerta del colegio. Allí -ha proseguido- les colocaron a un lado de la puerta ante la imposibilidad de entrar por las “300 o 400 personas” aglomeradas, mientras sus compañeros de seguridad informaban hasta en cuatro ocasiones a los congregados de que debían “cumplir una orden judicial”. Pero, según el relato del testigo, la “contestación” de los concentrados, que se encontraban “todos empujando” y “entrelazados de los brazos”, fue que “no iban a cumplir la orden judicial y que no hacían caso a la Guardia Civil”. Mientras todo esto ocurría, el sargento ha comentado que había ocho mossos “a unos 40 metros” al otro lado de la calle, que “en ningún momento se acercaron” a prestarles auxilio. “Después de un buen rato”, -ha proseguido- la puerta se abrió por uno de los lados debido a “la fuerza que hacía la gente”, una circunstancia que fue aprovechada por la Guardia Civil, que pudo ir sacando “uno a uno” a los aglomerados. Cuando consiguieron entrar al colegio, el sargento se llevó “otra sorpresa”. Ha dicho que se encontró a unas 250 personas “de muchas edades” haciendo “un muro infranqueable”, sentados en el suelo. De ahí, ha dicho que la imagen que se le quedó es cómo los congregados les grababan y una persona decía: “Todos callados, no decir nada”. Finalmente, tras intentar no pisar a nadie, el sargento ha indicado que consiguieron llegar al punto de votación donde, sin embargo, no encontraron urnas, tan solo “2.500 sobres, algunas papeletas de votación y una CPU”. Tras su intervención, emprendieron camino de regreso al coche, de nuevo encapsulados por sus compañeros de seguridad, y allí volvieron a recibir “todo tipo de insultos”: “Nos amenazaron y nos volvieron a escupir”. 

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